Una de las cosas que me gustan de la Santa Marta son los pericos. Oírlos cantando y libres.
Recuerdo que cuando niño imaginé y armé una trampa para capturar pericos. Una caja en el patio con 3 mangos nada frescos recogidos del suelo y un mecanismo sencillo para dejar caer la caja y en mis planes atrapar pericos.
Una nueva forma de entender la inocencia: pensar que un perico bajaría 10 metros por tan poco.
En realidad todo era curiosidad científica. Luego en la casa me compraron unos pericos australianos que se reproducían como ... pericos australianos.
Con ellos presencié por primera vez la magia genética. Por una mutación (o algo así) uno de ellos nació con el pico al revés. Lo alimenté a mano pero igual murió, ignoro si fue solo por el pico deforme o por otra falencia que no se podía ver a simple vista.
Cuando crecí aprendí a odiar las jaulas y a no tener animales encerrados. Los pericos que quedaron terminaron en casa de la abuela.
Cuando veo los pericos sueltos trato de pensar que los que vivieron presos por mi son los mismos pericos y que están libres y cantando. Son muy parecidos. Y no me refiero a los australianos que tuve que probablemente nacieron en una jaula. Escribo sobre otro tipo de perico (cotorro) menos doméstico que tuve.
PD: Necesito ayuda del profesor Super-O para el primer párrafo de este texto.
Last update: 2009-12-29 (Rev 16601)

